lunes, 19 de febrero de 2018

Superioridad de la búsqueda de palabras en diccionarios formato papel



(Avalado por la neurociencia, por la pedagogía y por las autoridades deportivas que afirman que un cerebro y unas manos que se mueven son mejores que un cerebro acabado y unas manos caídas)

Buscar palabras en diccionarios formato papel permite hacer memoria a largo plazo del orden del abecedario en varios idiomas; la memoria también se ejercita con la búsqueda muchas veces infructuosa del diccionario en cuestión que nunca se sabe dónde se deja. Una vez recordado, hay que levantarse de la mesa, ir a la estantería y agacharse, porque siempre está en la balda de abajo, debajo de libros de cocina y de jardinería. Se exige la estimulación de bíceps y femorales. Seguidamente, se procede a la selección del tomo, diferenciando el de A a la G del de la H a la Z. Se retira el polvo con un movimiento reiterado de la palma de la mano. Estimulación de falanges. Comienza a funcionar el hemisferio derecho mientras juega al tú la llevas con el hemisferio izquierdo. La amígdala se despierta después de miles de años de siesta filogénica. A continuación, se procede a la apertura aproximativa según la estimación azarosa de localización (E.A.L) de la palabra, grosso modo. Con el dedo gordo, que normalmente no se usa, puede uno airear las hojas y provocar brisas que se agradecen en verano incluso en noviembre que con el cambio climático ya se sabe esto es lo de menos. Al final aparece la letra que andábamos buscando y mediante aproximación lenta, se progresa en el fluir de las hojas con paz interior. Aquí se suele uno entretener con la lectura de palabras previas a la que buscamos o posteriores. Es posible un excurso por encontrar palabras extrañas o largamente añoradas tipo: turmalina, silabario, siesta o erotismo. Conviene seguir adelante y, con el dedo índice, se agiliza la psicomotricidad fina al desplazarlo sobre la hoja, mientras nos distraemos con el canto de las cacatúas, hasta alcanzar la palabra buscada, que a estas alturas hay que rememorar. También se ejercita el deletreo para diferenciar la palabra encontrada y las palabras que se le parecen mucho y que pueden llevar a confusión. Lo mismo sucede con la selección de las acepciones que nos conviene: aquí se estimula el sistema linfático en su totalidad si no hay orgasmo, finalmente, cuando, eureka, hallamos la palabra, la señalamos con la uña y además, de propina, nos nacen endorfinas a causa de emociones diversas derivadas de una especie de asombro. Aun así, después aún queda cerrar el diccionario, levantarse con nuevos ejercicios de pubis y músculos varios, hacer crujir la silla y los huesos y retornar el diccionario hasta la estantería y balda correspondiente, encima de los libros de cocina y de jardinería, en la parte de abajo. Se previenen así lumbalgias.

Formato digital: escribir palabra y darle a intro. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Improvisación



Shakespeare tuvo un problema cuando, durante la representación, los actores veroneses que hacían de Romeo y Julieta se enamoraron. Su obra se disipó. Quedó la que no estaba escrita. A Will le dio un síncope. 

domingo, 7 de mayo de 2017

La metamorfosis de Baucis y Filemón


No recuerdo el lugar o lugares concretos donde los vi, era en algún parque desnudo, invernal, vacío de gente y con suelo de charcos, bajo cielo plomizo o tal vez en una de esas veraniegas apoteosis verdes. Sería uno de esos parques o plazas de ciudad pequeña que contienen el milagro de una fuente. Allí vi como dos árboles, con aspecto esquelético invernal o con exuberancia de hojas, alargaban sus ramas enrevesadas para alcanzar las del árbol contiguo. Vi cómo se entrecruzaban mezclándose como en un laberinto sinuoso hasta casi no poder distinguir qué rama pertenecía a uno u otro árbol. Propenso como soy al antropomorfismo, fue inevitable imaginar esta lucha por el espacio y la luz como la figura de un abrazo, como la expresión de una unión intencionada que hacía pensar en alguna clase de amor vegetal. Tal vez eran plátanos de sombra, pero si se hubiera tratado de una encina y un tilo, tal vez hubiera encontrado a Baucis y Filemón.

Este mito contiene en germen maduro buena parte de los hitos fundacionales de la literatura universal. Está el mito bíblico del diluvio, compartido por muchas teogonías ancestrales, están elementos del cuento popular en el que la hospitalidad recibe premio, está el dios o rey que se pasea de incógnito entre los mortales o la plebe. Incluye un tratado sobre historia natural, por supuesto, es una historia de amor de una ternura que alivia las crueldades guerreras o enaltecedoras de la venganza de toda la literatura greco-romana. El perdón de los dioses al ganso no deja de contrastar con la lanza que late en el pecho desgarrado de los héroes de la Ilíada. En realidad, toda las metamorfosis son un compendio sensorial de altísima intensidad. También podría ser un recetario. A uno se le hace agua la boca pronunciando el listado de viandas que los viejos ofrecen a los dioses, lomo de cerdo ahumado, nueces y cuajadas incluidas, que amplía un poco la variedad gastronómica de los romanos a los que veíamos abocados a alimentarse únicamente con esa pestilencia de garo tan incompatible con las exquisiteces italianas actuales.

La Metamorfosis, como todo el mundo sabe, es una apología de la mudanza. Es Pitágoras, al final del libro, quien lo resume así, quien viene a observar que ningún ser humano permanece igual a sí mismo más de un par de segundos, que nuestras células se renuevan de continuo. No se sabe si es un consuelo último que incluye el que no desaparezcamos al morir, o es una traición a nuestras ínfulas de permanencia, a nuestras absurdas tendencias al acopio, a nuestra confianza conservadora. En cualquier caso, la idea deja un barniz de resignación. El inicio es la invitación a suspender la incredulidad más justificada que existe. “Todo lo que los dioses quieren se cumple” viene a ablandar un poco la rígida estabilidad de las leyes naturales, esa resabiada propensión matemática que algunos llaman destino y que viene a ser una reducción frugal de la libertad pura, de esa clase de libertad que posibilita la literatura fantástica y la religión. Entramos en la paradoja romano-griega que permite convivir una concepción científica del mundo estable y racional con las Erinias y Bacantes. Las paradojas de la mecánica cuántica parece ser que vienen a reforzar una idea del mundo que cuadra mejor con la existencia de estas últimas que con las leyes universales de Newton. Dionisio va ganando la batalla a Apolo, o al menos parece que la explicación de la naturaleza tiende a unificar ambas miradas.

Por otro lado, hay que evitar la tentación de convertir la metamorfosis en un tratado moral. Es incierto que las transformaciones se puedan asimilar a castigos divinos. A veces, como con Baucis y Filemón, son compensaciones tardías o meros mecanismos naturales. También, como Borges pedía al poeta Caedmon, pueden ser un canto al origen de todas las cosas. Las didácticas fábulas para niños con moraleja han hecho mucho daño a la literatura. De hecho, reducir esta historia al premio que los dioses conceden a los viejos por su hospitalidad es absurdo. Ellos se salvan del diluvio, pero tan sólo para morir tranquilos transformados en árbol. El sacerdocio es un trabajo añadido. Aquí el único que sale ganando es el ganso. En realidad, los dioses griegos o romanos son todo menos seres éticos o benéficos. Su arbitrariedad los define, así como su lujuria, egoísmo y crueldad tanto como su belleza pergeñada en mármol. Es esta falta de justicia la que los hace verídicos, la que convierte la mitología en valioso filtro de la vida. La naturaleza no tiene tampoco piedad de sus criaturas. El azar, la arbitrariedad de los dioses, están omnipresentes. Esto, creo que pensaban los griegos que se andaban con mitologías, nos debería proporcionar consuelo. Nos libera de obligaciones, solo nos queda dejarnos hacer. Uno no se construye su propio destino. A los existencialistas no sé si le gustan las metamorfosis. Son una invitación a claudicar, si no fueran literatura.


El diluvio como castigo divino, viene a ser, desde el Génesis, un tópico fatalista. El agua arrasa y purifica. Viejas huellas genéticas de catástrofes prehistóricas. El relato de Ovidio añade una precisa nota faunística en las marismas que quedan tras el desastre: aparecen somorgujos y lacustres fúlicas. Estas son las gallinetas o las fochas. Comparten su gusto por vivir en el agua con la oscuridad de sus plumajes. Son aves más bien tristes y transmiten la sensación de frío húmedo en los huesos, te llevan a una charca con niebla y juncos, temiblemente quieta. El tópico circular de la conservación de la materia en la naturaleza deviene en un catálogo botánico y bestiario que incluye seres, como los centauros y las hidras, que apenas provocan más perplejidad que los más comunes árboles, flores y pájaros en la aceptada esencia verosímil de los mitos, ya habiten en nuestros cercanos parques o en las atroces pesadillas. El carácter onírico de todas las metamorfosis es evidente. Parecen surgidas de ese auténtico Hades que es nuestro subconsciente. Esos cambios progresivos descritos con maestría narrativa remiten, por ejemplo, a las ilustraciones de Otro mundo de Jean Ignace Grandville, quien dibujó mutaciones de objetos que derivan en siluetas y finalmente en figuras humanas y que intentan describir la extraña mecánica de la fabricación de sueños, los “somnia” que Ovidio situaba en el país de los cimerios y a los que comparaba, por su multitud, con las hojas de las frondosas selvas, como las hojas entrelazadas de Baucis y Filemón que probablemente soñarán el mismo sueño.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

Tierra en la garganta de Miguel Rubio



Tierra en la garganta es la cuarta novela de Miguel Rubio, continuación inesperada del relato Pago de favores de La Ciudad Rota, el anterior libro de este autor que nos viene acostumbrando a nuevas historias, después de prometer que no escribiría una palabra más.

Como en el comienzo del Crepúsculo de los dioses, el inicio es el final que sería esperable en cualquier novela negra, un cadáver con un agujero en la cabeza, alguien que ha disparado por una razón que podría ser justa. Después viene el relato de los días siguientes, de las consecuencias, de la necesidad de huir y de esconderse, la aparición de dos grupos opuestos que saben lo que ha pasado, que saben que podrían sacar tajada de la confusión de Tomás, de su supuesta vulnerabilidad, de su condición de rata atrapada.

Es uno de los fundamentos invisibles de toda novela el que los personajes, en algún momento crucial de la historia, se enfrenten a una decisión. Este momento de la decisión viene a ser el nudo central, la clave. Lejos de ser sujetos pasivos de las circunstancias, de los destinos o del azar, estos personajes, al menos por una vez, se ven delante de un sendero que se bifurca, tienen que hacer una elección que no sólo les llevará hasta la resolución de la historia, sino que definirá sus vidas de una vez para siempre.  El protagonista, elegirá quién quiere ser, al margen de los errores del pasado, al margen de las consecuencias de sus actos. Necesariamente esta será una opción moral, recogiendo así la novela de Miguel Rubio una de las inesperadas premisas de la novela negra clásica: en medio  de la violencia, del desprecio por la vida, en un ámbito donde la ambición y la ira, el desdén y el sarcasmo parecen campear libremente, el protagonista, abocado al desastre, apenas sin fuerzas ni justificación alguna, escoge el lado de lo justo. En el caso de esta novela, Tomás llega a ese momento por un camino muy estrecho, no tiene alternativas, ni marcha atrás, está amenazado, casi abandonando, tiene que decidirse, jugarse su destino a una sola carta.

Todo ello en medio de dos escenarios antagónicos, el atroz mundo de los  gimnasios y las playas de San José, uno cerrado y otro abierto, que pueden simbolizar el pasado y un futuro que hay que ganar al asalto. Madrid por una vez tiene una puerta de salida, una ruta hacia el sur que aporta aire, tal vez esperanza. El gimnasio es una localización de la violencia, donde el noble arte del boxeo confluye con su reverso tenebroso, el ensañamiento gratuito de la escuela de los perdonavidas, en rings con inhibidores de frecuencia. Sin ser una novela de boxeo, el personaje central asume ese espíritu indescifrable de los púgiles, esa capacidad renovada para asumir golpes, esa escondida honradez, ese orgullo para sobreponerse al humillante beso de la lona, una y otra vez.

El lenguaje tiene muchos filos, las frases hieren, traspasan, transmiten una realidad que no se puede remedar con demasiados lirismos. Se convierte en una máquina para hacer ver, enfoca directamente al centro de la acción, a la palabra exacta, al pensamiento que sirve para identificar al personaje. Se vuelca en facilitar la comprensión directa, el tono es seco, con el matiz de aridez propio del desierto que atraviesan los personajes. Los monólogos tejidos de preguntas sin respuesta de Tomás se mezclan con los habituales diálogos del autor, vivaces hasta el extremo, acelerados, punzantes como hierros candentes. “Yo era uno de esos tipos al que las cosas sólo pueden irle mal”. Afirmaciones esenciales, escaldadas en una amargura necesaria, en una lógica simple y fatal.

Más frenético que en sus novelas anteriores, el ritmo se podría comparar a caer rodando por un terraplén. Hay como un  imperativo que descarta los tiempos muertos, las explicaciones inútiles y las descripciones de objetos innecesarios. Obligatoriamente ha de leerse de una sola vez, preferiblemente en una noche de insomnio o de invierno, con un Jack Daniel’s cerca, para evitar el vértigo.

El catálogo de personajes, al margen del protagonista, es generoso en almas rotas, en maldades obscenas, en inocencias interrumpidas, los personajes están pincelados en tonos oscuros, semisalvajes. Conducidos por leyes propias, alcanzan así el premio de convertirse en seres singulares, diferentes, alejados del estereotipo, de los clones novelescos a los que nos acostumbra el mercado de crímenes televisivos. Así aparece Jenny, la mujer fantasma habitual de las novelas de Rubio, la descentrada inocencia de una casi niña, la que viene de lejos, la inaprensible, la que ha olvidado de dónde procede, la que no encuentra el rumbo, la que elige al margen de lealtades. Establece una relación extraña con Tomás, una de esas relaciones tan tenues, carnales y de pasiones de imposible justificación, que se enmarcan en las vidas marcadas por la inseguridad de poder seguir respirando a la mañana siguiente. Para Tomás, Jenny se identificará también con las playas del sur, con el sol, con la exitosa consecución de la huida.

También está Sebas, que representa la fuerza oscura, la inimitable mezcla de la violencia y la necedad, el instinto, las lealtades absurdas, la mezquindad del abuso según las leyes del grupo, la desolación del boxeador noqueado. Se le podía representar también por el olor a sudor de los gimnasios baratos. O los polis, Barrios y Román, que compiten, por el bien de todos, en crueldad con los criminales a los que persiguen. Y por fin, entre una lista interminable de figuras marcadas por el atinado don de Rubio para dibujar personajes secundarios magníficos, está Martín, el chico que quiere jugar con pistolas, personificación del pasado irrecuperable de Tomás, la posibilidad última abierta a un final feliz, la opción de que por una vez las cosas vayan bien a alguien, la inocencia todavía no alienada por la atmósfera irrespirable de la ciudad negra.

Imposible buscar referencias, influencias, límites o etiquetas a esta hábil conjunción de emociones y soterradas rebeliones, que, conjurando al género negro, logra conmover dejando eso sí, el inestimable gusto de la arena en el gaznate, la irreparable sensación de haber encontrado la verdad nada menos que en la literatura.




viernes, 11 de diciembre de 2015

Muñecos de arroz



En la casa no hacía frío a pesar de que la caldera estaba rota. A veces pasa que no se sabe de dónde viene el calor que uno siente, ahora no, porque ella andaba cerca. De postre su madre puso chocolate crujiente, trufas y fresas, y uvas que no se tocaron porque ya era bastante abuso. Después empezamos a hacer los muñecos de nieve. Cortamos tres calcetines en dos partes. En la que iba a ser el cuerpo, agarramos un extremo con una goma de caucho y a cucharadas soperas, sin miedo, empezamos a llenarlo de arroz barato. El arroz se disgrega con sonido y algunos granos escaparon hasta el suelo. El calcetín acabó haciéndose una bola, modelamos una cabeza y lo atamos con más gomas. La pelota resultante pesaba de un modo gracioso, humano, era extraña esa mezcla de granos vegetales y tejido. Con la otra parte del calcetín hicimos el gorro y se lo pusimos un poco como caía, doblándolo por abajo. Cortamos fieltro azul, amarillo y rojo para las bufandas. El fieltro se corta fácil y es bueno para el tacto. La madre explicaba como hacer todo suave, sencilla y más que nada reíamos. Con tres alfileres y dos botones pegados con cola los muñecos consiguieron sus ojos, de mirada pequeña y limpia, su nariz y su traje. El blanco del calcetín simulaba bien la nieve, igual igual a aquella que cayó hace cuarenta años en mi barrio y en la que descubrí que el frío, a veces, también es un juego. Para decorar el gorro, le hicimos unos lazos casi de seda y añadimos más fieltro cortado, todo a juego, mediante contrastes, porque nos importan siempre los detalles y los hilos que se desflecan, las pecas, los granos, las flores absurdas, las letras y otras cosas aparentemente sin importancia. Al final había sobre la mesa tres muñecos de nieve perplejos por haber nacido así de fácil. Ella hizo una foto y dijimos algo así como qué bonitos. 

No llueve desde hace días, esto no parece diciembre, carajo. Casi se secó el cactus, pero no se queja demasiado. Alguna que otra espina ha cedido y se ha caído. El mar, por su parte, sigue perdiendo agua. Dieron las cinco.

Fue entonces que los tres muñecos de nieve empezaron a conversar, así, sin más y bueno, después de mirar todo alrededor y de decir algo sobre la lámpara, después de sonreír sin boca, preguntaron cómo era que ellos parecían, efectivamente, muñecos de nieve y sin embargo no andaban con frío, como corresponde. Se hacían cruces de como podía ser esto, tenían la cabeza grande pero no comprendían mucho. Yo estuve por contarles algo sobre el arroz, sobre el calcetín deportivo y blanco, sobre esto que casi todos sabemos de que no podemos ser siempre lo que queremos ser. Luego susurraron algo entre ellos, parecían contrariados, porque, hay que aceptarlo, no es difícil echar de menos la nieve en estos tiempos. Al rato se quedaron callados, parecía que habían olvidado y opinaron algo sobre las propiedades y usos de la cúrcuma. La tarde se hizo buena, tranquila, distinta y sin saberse muy bien por qué, caliente. Uno de los muñecos, el de la bufanda azul, empezó a derretirse, contento. 

martes, 27 de octubre de 2015

Manos



Si hay una criatura extraña en la naturaleza, esa es la mano, tan plagada de dedos, tan inquieta, tan pronta a cerrarse cuando un peligro acecha. Son animales fuertes, las manos. Muy inteligentes, resistentes a los cambios, a los roces, a los golpes, al constante azote de las  temperaturas y las lluvias, son seres extremófilos emparentados con esas bacterias y caracoles que moran despreocupadamente en el ácido y en el hielo. Algunas especies de manos, algo más remilgadas, usan de guantes, de bolsillos y manoplas para protegerse y se entiende, porque una mano también puede ser frágil, una presa fácil para un depredador experto.

Es conocida la evolución de esta especie. Se encontraron fósiles cretácicos que eran manos de cuatro dedos. Pese a que se apañaban bien así en un principio, la cosa se fue complicando porque era como si faltara algo, hasta que alguien percibió que una mano de cuatro dedos pellizcaba mal y de ahí que surgiera el quinto dedo, el gordo, que le dio la forma de complitud y de maña que tiene en nuestros días y que le permiten coger una taza de café de una forma altamente civilizada.

No suelen andar solas, aparecen casi siempre en parejas, tienen esa manía. Cuando hay un peligro tácito, cuando el frío hiere, ambas se juntan, se retuercen, entremezclan sus dedos, se frotan casi hasta provocar chispas. Ocurre también que diferentes parejas de manos se unan entre sí, pero este extraño comportamiento no provoca ninguna clase de celos. Acostumbran atrapar objetos, por el mero goce de rozarlos, de jugar con ellos, de entender sus formas. Sienten una especial predilección por los topacios, por las figuras de jade, por la seda, que como todo el mundo sabe, es aire tejido. Juguetean con ellos, palpan lentamente la superficie, raspan intentando profundizar en sus secretos, para alcanzar la pulpa, la escondida esencia que los define. Muchas veces fracasan, entonces los dedos se relajan y el objeto resbala, cae al suelo y se rompe.

Las manos más sabias, que se concentran en manadas en las estepas asiáticas, por razones que nadie más que ellas entienden, toman las cosas y las dejan escapar al poco tiempo o simplemente pasan a su lado, sin hacerles el menor caso. Despreocupadas siguen su camino, en espera de nuevos encuentros. Tanto desapego contrasta con la de las manos que viven en las escarpaduras de algunos montes de Europa, que se ciernen sobre las cosas como si toda su vida dependiera de ello y como garras de pájaro de prominentes uñas las protegen y las ocultan hasta de sus propias familias. Muchas de esta especie poco afortunada se pueden encontrar deambulando por los desiertos,  encadenadas a anillos y pulseras, locas. Se quejan de que la libertad las haya olvidado, desgraciadas a pesar del adorno de esas gemas de cuyo frío tacto tanto se enorgullecen. De estas especie eran las que hace un tiempo iniciaron la implacable persecución de las manos izquierda. Aunque a primera vista nadie las diferenciaba de las diestras, éstas emprendieron unas razzias terribles, con juicios sumarios y fuertes tintes de locura. Hubo hogueras y muchas manos izquierda fueron ajusticiadas en piras de madera, dejando tan solo para su recuerdo un montoncito de siniestras cenizas.

Aun hoy las hay airadas, siempre prestas a metamorfosearse en puño, en ariete y arma. Los tortazos a mano abierta que dan muchas veces sin razón alguna,  también son temibles. A estas es mejor acercarse con precaución. Muchas acaban en jaulas por su orgullo y son carnívoras. Pero esto solo lo sufren unas pocas. La mayoría lleva una vida sencilla, toman arados, juegan con extrañas máquinas, revientan con delicadeza y placer infinidad de granos, se esconden en orejas y narices, son aventureras y no reniegan de los sitios oscuros, les gusta escarabajear palabras con lápices y pringarse de pintura con la que estampar su huella en las paredes, otras se contentan con arañar cuerdas para pronunciar notas, con hacer ondas en la superficie del agua, con agitarse como un péndulo para decirse adiós o con provocar misteriosos estallidos de placer. A las crías de las manos, como no, les gusta meterse donde no deben, hacer cosquillas y dar cuerda a los relojes. Las manos que aplauden están en algunas zonas en franco peligro de extinción, aunque muchas se alzan pidiendo lo suyo, convocando asambleas, agrupándose en manifestaciones, son manos huelguistas que reparten panfletos...creo que fue una de estas la que dejó entrar Cortázar un tarde en su casa, esa que le caía tan bien porque tenía poco de voluntariosa y si mucho de pájaro y hoja seca y a la que puso por nombre Dg, que es un nombre extraño como son extraños todos los nombres sin vocales.

Otras manos, afectadas por la lluvia ácida, los cambios climáticos o las reducciones de sus hábitat debidas a la tala de los bosques donde antaño tenían sus refugios, caen inertes en bolsillos sin fondo, en oscuras y muy tristes cuevas donde no les queda otra que jugar con las llaves y las monedas. En una isla del Índico se encuentra la más excepcional clase de mano. De piel fosca, son largas, pero abultadas y muelles, cubiertas por tatuajes de henna.  Se alimentan de puros sueños, de palabras en su oscuro idioma, que se basa en un alfabeto de contorsiones. Con exóticos malabarismos de sus dedos emiten letras, símbolos de un lenguaje complejo, infinito, un silencioso lenguaje que suele devenir en poemas o canciones. Al atardecer, entre las palmeras (si las encuentras, porque son tímidas con los extraños), al borde de un arroyo o en las playas, puedes verlas en parejas, charlando. Si te fijas mucho, podrás percibir su música. Un mito local resume su cosmogonía. Cuenta que dos manos primigenias se juntaron, se entrelazaron en forma de cuenco y retuvieron en su seno la lluvia, el agua de la que nació todo y que ahora son los océanos que rodean la isla. De que no se separen estas manos depende la continuidad del mundo, que podría disolverse de un momento a otro en una enorme cascada, en un terrible sumidero que rugiría sin compasión...sin embargo, por la noche, alrededor del fuego, las manos no temen nada, simplemente duermen y sueñan en espera de nuevas caricias.


Solo ellas pueden conseguirlas. Las caricias. Son su especialidad, muchas veces también, su deseo inalcanzable. El arte de la caricia no es fácil de aprender. Ni siquiera en las bibliotecas te lo explican. La caricia requiere de cierta preparación, mental, emocional, espiritual, también conviene que las manos se corten las uñas, unas a otras, así, aunque esto es algo que nunca les gusta demasiado. A las manos peludas tampoco les gusta que les corten el pelo, porque se quedan frías. Alguien dijo que las manos fueron creadas para esto, para proporcionar caricias gratuitas, al descuido o guiadas por una necesidad inexplicable. Ellas saben el secreto, el porqué de la sed de caricias. Saben que ese roce mínimo y difícil requiere de algo más que una mera piel para ejecutarlas. Saben que si la caricia no provoca un estremecimiento es mejor no insistir. Saben que son gratis. Las manos, humildes, saben que ellas son nada más que un instrumento, que las caricias, en el fondo, se reparten entre dos almas. Ellas entienden estas cosas y muchas más. Por eso, cuando sueñan, se sienten seguras. Piensan que el mundo les esperará a que despierten. Los objetos, infinitos, necesitan su caricia porque si no, probablemente desaparecerían. Creen que las manos no les dejarán caer al suelo sin una buena razón. La caricia es una especie de mirada. Es cierto que los ojos a veces envidian a las tribus de las manos. Pero su extraña relación ya es otra historia. 


domingo, 16 de agosto de 2015

Miradas



Para María.



Ella y el gato se levantan en la madrugada. Se estiran. Ella está de vacaciones, tiene el día libre, ha dicho a sus amigas que no la llamen, que hoy tiene que hacer sus cosas y escarba entre sus pestañas algunas legañas, despeja la mesa de libros, de apuntes, de fotografías, recuerda los temas dejados a medias el día anterior. Enciende la pantalla del ordenador, prepara café, se queda ensimismada, dispuesta ya a empezar el día, aunque es muy de mañana y llueve.  

Llueve afuera y puede que siga así la mañana y la tarde. La lluvia abre una puerta inevitable a la nostalgia, a la lluvia de otros lugares, a los rostros mojados que ya deberían estar olvidándose. Hoy sin embargo prefiere pensar días más azules, recurrir a pensamientos limpios que tenía guardados entre las sábanas, recuerda los paseos que acabaron muy tarde. No lo había hecho antes, pero se acerca al teclado del ordenador y empieza a escribir casi sin abrir los ojos, con cierta timidez. Duda y en un descuido se le cae alguna letra cerca del pie, huye alguna palabra que juega al despiste, una de esas que nunca salta de la punta de su lengua en el instante en el que ella quiere.

Ensaya un cuento. En él hay una barahúnda de niños que la cercan y abrazan.  Ella no está muy segura de porqué escribe el cuento. Las palabras surgen, saltan, aparecen y desaparecen. Mientras, el gato se pasea entre la bañera y el pasillo que va a dar a la calle.

El gato tiene hambre y con sus pequeñas garras araña la puerta de la cocina. Ella, a media mañana, se hace un sándwich con mostaza. Repasa las palabras que lleva reunidas hasta esa señal que marca la siguiente parte. Muerde lápices. Escucha las suaves pisadas del gato que al fin entra en su habitación. Mira por la ventana. Se pregunta si ese animal es un gato o más bien un jaguar tímido.   

Le gusta hacer fotografías. Siempre ha pensado que la realidad es más que nada un cúmulo de imágenes. Siente la necesidad de descifrarlas. De retenerlas. De rescatarlas, de entenderlas, más las imágenes cubiertas por los velos de la indiferencia. Vuelve a teclear algunas palabras sueltas, casi ha acabado el relato. Decide salir de casa un rato. Sale con su cámara. Hacía tiempo que no lo hacía. El gato, asomado por la ventana abierta, casi resbalando del alféizar,  le mira alejarse aparentemente desolado, aunque si le preguntaran nunca lo reconocería, eso, la tristeza de verla andando calle abajo.  

Fotografía árboles, ramas sinuosas, gente que se duerme en el metro, regueros de agua, colores sin nombre, reflejos en ventanas, la hierba que crece entre los adoquines, cristales rotos, se centra en los objetos que están ahí y nadie es capaz de ver. Tarda horas en descifrar el lenguaje de las sombras, de los claroscuros, de la luz que de vez en cuando se filtra entre las nubes. No se cansa de merodear, de acechar los movimientos sutiles, se sacude el agua que se desliza por su pelo, se sienta, se pregunta algunos porqués, por delante desfilan los objetos, los árboles, los rostros, los cuerpos, en cada uno ve algo diferente, ella es por momentos una especie de Casandra, adivina posibilidades, resuelve premoniciones, para ella el dibujo de las sombras, que estuvieron a punto de perderse para siempre, tiene sentido. A mediodía descansa en el parque, come algo, se queda medio dormida sobre la hierba. 

Por la tarde se abren cada vez más claros, hay viento, y las nubes se arrebolan para dar la luz precisa que ella necesita para sus fotos. Hace mucho que hizo un pacto con la luz. La deja entrar dentro, la llena de vida, las calles se le abren y cierran como si las pudiera amoldar a su paso, siente sus propios ojos, tan claros como un arroyo limpio, cada vez más grandes, iris color miel. Propone miradas tranquilas, su inquisición es suave. Cruza las verjas del cementerio, enfila la avenida central, hacia la parte sur, no siente ninguna clase de tristeza, tuerce casi al final tras esquivar un par de encinas y unos arcángeles tapizados de musgo, saca fotos a las piedras que respiran. Más allá del último panteón abandonado, de lejos, ve como se cruza cerca del muro, de la frontera cubierta de malvas y enredaderas, la figura de un gato que salta hacia afuera, esquivo y desdeñoso. Intenta hacerle una foto también, para atrapar su fuga efímera. Sale de allí. Sigue andando. Las farolas se han encendido demasiado temprano. Se recuerda a sí misma de niña, sus primeras fotos. Jugando, recogiendo piedras sobre la playa, imaginando mundos, inventando palabras, coleccionando caricias, planeando trastadas, riendo, siempre riendo, creciendo, gritando, sonrojándose, reprochando, desobedeciendo, exigiendo, elevando la mirada, levantándose de la mesa, dando portazos, deseando, casi volando. Su corazón late porque no logra encontrar sus propios límites.

Decide que mañana comprará libros. Tal vez planee alguna locura. Apenas le queda luz a la tarde, le duelen un poco las piernas, regresa a casa. Sortea a los transeúntes y a los coches, atajando las calzadas con el semáforo en rojo. En el zaguán por fin guarda su cámara. Sube y abre la puerta, el gato apenas se detiene un segundo ante ella y le reprocha ese leve abandono. Se sienta y enseguida repasa las fotos en la pantalla. Algunas de ellas le ayudarán a completar el cuento que espera un punto y final. Las traducirá a palabras. Se detiene en la del gato que saltó la verja. Comprueba algunos detalles. No puede creerlo. El color, el gesto, las marcas. Es él. Su gato. Le busca por la casa, le encuentra en un rincón. Le pide explicaciones. El se restriega por sus piernas, falso inocente, como diciendo no pienses en ello. Ella nunca ha estado sola.


jueves, 6 de agosto de 2015

Hace poco más de un año



Hace poco más de un año:

- Eh, tú. – me grita detrás del mostrador.
- ¿sí?
- ¿Como vas?
- ¿Eh?
- Que cómo vas.
- Ah, bien, gracias.

Un gato entra por el fondo de las estanterías, me mira, se acerca con sus pasos melosos de gato, se friega con mis pantalones.

- Me cago en tu puta madre, Mike, deja esa puta fruta ahí.- dice por encima de mi hombro a su compañero que ha tirado una caja de manzanas detrás. 
- Me llevo esto. – le digo.
- Cinco dólares.
- ¿Cuánto es? 
- C-i-n-c-o dólares, tío. 
- ¿Cinco?
- Eso.

El acento no se si es de Bedford, de Brooklyn o de la India. Desenrollo unos cuantos papelajos que tenía metidos en el bolsillo. El gato no deja de mirarme. Llevo cinco litros de agua, coca helada, unos bollitos LadyLinda y manzanas.

- Hace calor. 
- ¿Qué? – me cuesta entender todo.
- Que hace calor – repite con una sonrisa enorme.
- No, qué va, no hace calor- digo de broma pero no entiende. 

Entran cuatro pibes, de dos metros el más bajo, descamisados, casi pisan al gato, saludan a Mike, empiezan a gritar y a pasarse bolsas de nachos por encima de las estanterías. 

- ¿De dónde eres?
- De Madrid
- ¿Madrid?
- Da igual.
- Nosotros de Bangla-Desh.
- Ah.
- ¿Qué haces aquí?
- Vacaciones.
- ¿Qué?
- Vacaciones.
- ¿Vacaciones?
- Seguro.
- Ah. 

Le doy los cinco dólares en billetes de uno. Empieza a gritarle algo a Mike de nuevo, cada vez más fuerte, Mike ahora está en el mostrador de la izquierda cortando queso o algo, a su vez él se pone a gritar a los chavales que han entrado, parece ser que no están muy dispuestos a pagar los nachos de momento, pactan algo, negocian entre gritos y música alta. Me meten todo en unas bolsas negras, se despiden, me dicen vuelve. Afuera sigo un reguero de gritos que corre calle abajo. Esos no vuelven, pienso. 

No entiendo por qué esta conversación me ha resultado tan memorable, tal vez porque eran de Bangla-Desh, porque yo tenía miedo a que alguien entrara y atracara el badulaque, porque estaba en Bedford Stuys, porque hacía mucho calor y yo sudaba demasiado y no quería dejarles un charco en el suelo, no se, a veces recordamos con cariño las cosas más estúpidas que nos pasan porque no nos queda otro remedio. 

 En todos los comercios y locales de Bedford hay un gato, eso es así. En la lavandería había otro. Al principio pensé que era el mismo pero no se, este tenía más mala leche, no se restregaba contra mis pantalones, supongo que viviendo allí tenía sus prejuicios contra la ropa humana. Cuando fui por primera vez estaban cuatro viejas hablando en la entrada, sentadas en unas bolsas enormes de plástico y en sillas de arpillera y en un mostrador un chino doblaba ropa. Ellas hablaban alto y se veía que estaban pasando la tarde allí como de costumbre. Un ventilador de esos de techo daba vueltas inútilmente. Entré como no podía ser de otra forma, sin saber usar la lavadora. Hay una chica preciosa al fondo, con un pañuelo en la cabeza, moviéndose como si la cinética y ella hubieran hecho un pacto secreto, es alta y lleva un cuarto de hora echando suavizante en la máquina. Me entran ganas de palpar sus ropas, solo para comprobar que la cosa valía la pena. Le pregunto al chino como funcionaba aquello. Duda un poco y al final se acerca y me explica muy despacio. Primero, echa la ropa. Claro. Cierras la compuerta, muy importante. Claro. ¡C-e-r-r-a-a-a-r la compuerta! No se me olvida. Echas el jabón. ¿Has traído jabón? Sí. Dame. Lo abre. Igual que la princesa nubia echa casi el bote entero, de cinco litros. ¿Suavizante? Ahí. Bien. Lo echa. Cuando empiece, vas echando más. Yo sólo he traído un par de nikis y unos calzoncillos, pero vale. Echa las monedas. No se si tengo. Solo admite de 25. No tengo cambio. Nunca tenemos cambio, ¿Ves la máquina del cambio? No funciona. Empiezo a sacar monedas de los bolsillos. Una de las viejas, que han estado escuchando, se acerca, habla con el chino, coge mi suavizante, y le dice algo medio enfadada, empieza a echar más suavizante, afortunadamente compré uno barato, en el badulaque bangladesí. Me da cuatro monedas de 25 por un billete de dólar. Me dice más cosas que no entiendo. La cosa está en marcha. La princesa nubia ya ha acabado pero se sienta en un cajón y se queda esperando no se sabe qué, con cara de pocos amigos, aunque satisfecha por lo suave que le ha quedado la ropa. Hay una televisión puesta en la que se ve un mapa del tiempo y una especie de borrasca que se acerca a la zona de NY. Confío en que sea una borrasca y no un huracán. Si fuera un huracán, me vendría a esta lavandería. Cuando ya están dando vueltas en el secador enorme mis humildes nikis, lo pienso. Se está bien allí. Entran más vecinos. Entran y salen con bultos de ropa enormes. Hablan. Se saludan, no me hacen ni puto caso, pero da igual, se está bien allí, como si la atmósfera brumosa de aquel sitio se pareciera a la de mi casa, como si allí no pudiera pasar nada malo, como si lavar la ropa uniera a la gente. El chino no deja de doblar la ropa aunque se le quede mirando el gato. Creo que bromea con un cliente con meterlo en la secadora. El animal entiende y se cabrea y se sube a la montaña de bultos. En la televisión emiten imágenes de Sandy, el huracán de hace dos años, pero me da igual, está la lavandería. La princesa nubia se va sin despedirse y queda allí donde estaba sentada una especie de vacío. Doblo mis nikis al lado del chino. Le digo gracias. Me pregunta de dónde soy. La vieja, que no se que hace allí tanto tiempo, me dice también algo y se ríe, pero creo que no de mi. Salgo, hay nubes cada vez más negras, avenida Malcolm X arriba está Mordor. Bajo la calle, paso por delante del badulaque, se cruzan un par de coches con la música alta, un viejo en pijama y sus nietos juegan al pie de las escaleras de su casa con cubos y palos, hay basura acumulada y un puesto de bebidas que sirven a través de un enrejado. Un cartel anuncia vino italiano a buen precio. Cruzo unas cuantas calles más, llego a las pistas de baloncesto, empieza a llover, corro hasta casa, en la iglesia suenan los ensayos de las siete de la tarde, saco la llave y un gato sale de entre los cubos de basura y se me cruza como si me conociera. Para mi que siempre fue el mismo gato. No quiero morirme sin volver.